Este blog no pretende ser una mera recopilación de reseñas bibliográficas, sino una serie de reflexiones suscitadas a propósito de la lectura de algunos libros. En otros casos, serán reflexiones sin más.
domingo, 18 de julio de 2010
A propósito de “Invisible”, de Paul Auster
Lo que este libro tiene de excepcional no es, como suele ocurrir en las novelas de Auster, la historia en sí, sino la forma de narrar, el estilo, y la reflexión a la que puede incitar su lectura; como alguien ha dicho es una auténtica “clase magistral de técnica narrativa”.
La novela se articula en tres partes hábilmente enlazadas, si bien cada una de ellas corresponde a un tiempo, pasado y presente especialmente, a una punto de vista de los hechos y un lenguaje literario, una forma de expresión, concreto y particular, acorde con cada una de las situaciones que los personajes viven en los diferentes periodos temporales.
El argumento, que encierra numerosos elementos autobiográficos, se centra en el manuscrito que el protagonista, Adam Walker, enfermo y a punto de morir, envía a un compañero de la universidad, el famoso escritor James Freeman, para que valore la posibilidad de publicarlo en forma de novela bajo el título de “1967”, año en el que el entonces joven poeta en ciernes conoce a la extravagante pareja formada por Rudolf Born y Margot, personajes con los que entabla una ambigua relación y vive unas experiencias que lo marcarán para siempre determinando, en cierto modo, su futuro; a partir de ese momento ambos y las personas que conocerá por su relación con ellos jugarán un importante papel en la vida del escritor. Todos los acontecimientos que Walker relata en las tres partes que envía a Freeman son fruto de la casualidad comenzando por su relación con la extraña pareja, el posterior asesinato de Williams, el viaje a París o la relación con Heléne y Cecile.
Sean fruto de la casualidad, el instinto o el deseo, probablemente, las partes que más llaman la atención en la obra son, en primer lugar, las alusivas a la violencia, en cualquier forma en que ésta se presenta, que constituye el motor generador del conflicto interior del protagonista y de un sentimiento de culpa que, en cierto modo, desencadena su postura ante la vida y su actuación posterior; y, en segundo lugar, al sexo, para colmo incestuoso, que transgrede una de las normas esenciales de la moral occidental.
No obstante, la clave de la novela no radica en los hechos en sí, aunque esa es la impresión primera, sino en la incertidumbre que genera el texto según avanza acerca de si los episodios relatados por Adam son o no verdaderos, si lo que se nos cuenta son experiencias realmente vividas por él o, por el contrario, son un producto de su imaginación, en este caso, de los delirios de un moribundo.
Por otro lado, incluso este planteamiento sobre la finalidad de la novela es, en mi opinión, quedarse en lo superficial –aunque no por ello lo considero menos importante- porque ¿acaso importa si sucedieron o no? ¿para quién es significativo descubrir la verdadera historia? ¿para qué? La cuestión, creo, estriba no en si son o no ficción sino en la duda misma; es el conflicto humano que se origina entre la realidad y el deseo el que desencadena el conflicto, y que origina la imposibilidad, en muchas ocasiones -la mayoría- de establecer una frontera clara entre uno y otra. ¿Y cuál es, a la vista de ello, la verdad de Adam Walker? No existe una respuesta fácil y mucho menos clara: la verdad no puede verse, es invisible, porque sencillamente no existe como concepto unívoco y global; la verdad es aquello que cada uno, loco o cuerdo, eso no tiene importancia realmente, considera que es. ¿Es la realidad la verdad o la verdad se esconde en el mundo irreal de los deseos? Todo es, pues, invisible porque la visión, aparte la capacidad física, es algo subjetivo y como tal sólo visible para un individuo, y ni aun en muchos casos para él mismo, traicionados como somos por nuestra propia memoria o percepción de los hechos. En este sentido es obvio que incluso lo visible es invisible.
En una entrevista concedida por Paul Auster al periódico La Vanguardia en noviembre del 2009, el novelista afirmaba que “La verdad es una de las cosas más frágiles del mundo, no sabemos qué sucede realmente. Incluso nuestra propia memoria se destruye mientras trabaja nuestra experiencia. Y descubrimos más cosas conforme nos hacemos mayores. Si yo fallo, si me equivoco al recordar cosas, y es mi propia vida, ¡imagínate cómo son las consideraciones que hace la gente! Es fascinante. La memoria juega con nosotros.”; y concluye con una pregunta cuya respuesta él mismo ofrece y que aclara el propósito de esta novela: “¿dondé está la verdad? Este es el libro de lo invisible. Tal vez la verdad es invisible”.
El autor combina de forma brillante en este relato el hoy y el ayer a través del uso de la memoria del personaje principal cuyos recuerdos quedan en entredicho al relacionarlos con los que ofrecen a su vez el resto de personajes.
Es un libro –el de la ficción, digo- escrito desde el recuerdo y no se nos permite creer que la realidad es tal y como la recordamos pues, independientemente de que existan elementos puntuales que alteren el recuerdo (en el caso de Walker la enfermedad terminal, la medicación, la soledad...) la memoria, desde el presente manipula inconscientemente los recuerdos hasta el punto de llegar a creer que la realidad que creemos (la que deseamos) existió. Los deseos insatisfechos originan frustración y actúan en el subconsciente de esa forma.
Juego entre la realidad y la fantasía, el argumento se desliza por la frágil y delicada línea que separa ambos, y que, conforme avanzamos en la lectura, se torna más complejo pues la realidad que el libro pretende mostrar se va ocultando, transformando en “invisible”, aunque esto sucede, paradójicamente, mientras se nos van ofreciendo más y más datos con el fin de que la “verdadera” historia, que aparece en todo momento fragmentada e incompleta, pueda ser reconstruida, y que la verdad salga a la luz. Llegado el final –que es sorprendente y, por ello, no desvelaré-, el lector se encuentra absolutamente desconcertado sin acertar a discernir quién está loco y quién cuerdo, qué parte del relato es ficción, cuál es ficción de la ficción y cuál, realidad. Se trata, pues, de un juego, como ya he señalado, entre la realidad y el deseo: ¿es verdadero lo contado o lo pensado? ¿se corresponde lo verdadero con lo real, caso de poder identificar lo primero?
Y en relación con todo ello surge el tema de la identidad, ¿quién es Adam Walker? Ese personaje al que hemos conocido a través del relato de su vida deja de existir en el momento en que se pone en duda la verdad de lo contado. Es su propia existencia, su propio ser lo que realmente desaparece, se torna invisible para su amigo Freeman y, al mismo tiempo, para el lector. Adam Walker, en su mundo inventado, no existe.
Pero volviendo a la reflexión que me provoca la lectura de esta obra, el título nos lleva a preguntarnos a qué se refiere Paul Auster con el adjetivo invisible, qué sustantivo es calificado con este término: en principio la persona de Adam es -mejor dicho- se cree invisible para el resto, si bien, en todos los que lo conocen deja una huella que parece imborrable, aunque su vida queda, al fin, invisible; ninguno de los personajes, como apunté al comienzo, llegan a conocerse realmente.
Y por último, la verdad es invisible, tan invisible que uno no acierta a separarla de la mentira, del engaño, en fin, de la fantasía. Cada cual se inventa y reinventa para poder hacer la vida más asumible, para poder enfrentarse a sus propios miedos y en esa recreación del yo hay una necesaria recreación de “los otros” pues no se puede pretender vivir ajeno a las influencias que uno recibe del exterior y que emite a su vez. Interacción compleja y necesaria que esta novela pone de manifiesto sin dejar de lado la individualidad del protagonista, la verdadera soledad del ser humano que bucea y a veces nada contracorriente en el mundo que le ha tocado vivir. Todo es, en resumen, invisible porque cada ser humano se construye una identidad, inventa su propia realidad y elige qué papel representará en ella. Y todo ello para no ser invisible, aunque en ese esfuerzo por hacerse ver se va tornando cada vez más oculto.
A veces, como el propio protagonista afirma, se hace necesaria la perspectiva para poder entender y asumir la realidad; de ahí el juego de figuras narrativas al que he aludido anteriormente:
“Me hacía falta distanciarme, dar un paso atrás y crear un espacio entre mí mismo y el tema (que no era sino mi propia persona), así que volví al principio de la Segunda parte y empecé a escribirla en tercera persona. Yo se convirtió en Él, y la distancia establecida entre aquel pequeño cambio me permitió acabar el libro”
Y de ese modo, adoptando diferentes perspectivas, el individuo puede acercarse a las diferentes realidades que, quizás -sólo quizás- constituyen “la verdad” de su existencia.
En las novelas de Paul Auster -y esto que voy a decir es una experiencia personal- generalmente la trama pierde interés conforme avanza el relato: cuando me sumerjo en la lectura, cuando me atrapa la narración, la anécdota pierde toda relevancia y mi atención, quizá involuntariamente, se centra en la vida interior de los personajes, en sus propios conflictos, en lo que no se dice de ellos, en la reflexión a la que me empuja su comportamiento o sus discursos. Con el paso del tiempo, apenas recuerdo la historia de los libros que he leído, pero en el caso de Auster me queda siempre el conflicto personal, la parte oculta del ser humano que tan sutil y, a la vez, claramente sabe plasmar el autor.
Invisible es, en mi opinión, la mejor novela hasta el momento del escritor norteamericano: una obra técnicamente genial y un ejercicio creativo impecable. Su lectura se hace, pues, imprescindible para todos los que se consideren amantes de la lectura.
sábado, 10 de julio de 2010
El certamen literario “Molino de Viento de la Bella Quiteria
Hace ahora 35 años que tuvo lugar la primera edición de un peculiar y curioso concurso literario, el del Molino de la Bella Quiteria, que cada primer sábado de julio se celebra en Munera, un pueblo de la provincia de Albacete.
Se trata de uno de los certámenes más célebre y reconocido de la región, y que cuenta con una dilatada tradición y una elevada participación; a lo largo de las diferentes ediciones escritores de todos los rincones de nuestra geografía han presentado sus trabajos y obtenido el reconocimiento del jurado. La fama de este concurso ha traspasado nuestras fronteras adquiriendo dimensiones internacionales con participantes, en ediciones anteriores, de lugares tan lejanos como Luxemburgo, Argentina o México.
Es muy posible que los lectores hayan asociado ya el nombre de este certamen con el del personaje principal de uno de los episodios más conocidos de la famosa novela de Miguel de Cervantes; se trata de Quiteria, la bellísima novia del pasaje titulado Las bodas de Camacho que, según la expertos y críticos como Otto Neussell, J. García Templado o Samuel de los Santos, está localizado en esta población manchega, en una zona muy próxima a la que hoy alberga el famoso molino, y que se relata en los capítulos XIX, XX y XXI de la segunda parte del Quijote.
El nombre de Quiteria era muy popular antiguamente en esta población ya que en ella se erigía la iglesia de Santa Quiteria, la primera que tuvo el municipio, hoy desaparecida, y era usual poner a las nacidas en ella el nombre de la santa local. Por otro lado, en la obra podemos hallar diferentes alusiones a zonas reconocibles de los alrededores (Sotuélamos, cueva de Montesinos…).
La idea de la construcción de un molino de viento, emblema de la obra cervantina, en ese lugar así como la institución y organización del concurso surge del matrimonio formado por el periodista Enrique García Solana, cronista oficial de la villa, y su esposa Amparo Gavidia Murcia, maestra de profesión, como homenaje al escritor alcalaíno y a su novela más universal, y se hace realidad en la primavera del 1975 con la inauguración del molino y la 1ª edición del certamen literario.
Hoy día, el molino se ha transformado en un interesante museo foto-etnológico en el que se llevan a cabo diversas actividades culturales entre la que destaca el certamen literario cuyos premios se entregan en un acto público al que puede asistir todo aquel que lo desee.
El concurso se convoca cada año en el mes de marzo y la fase de presentación de trabajos finaliza el 31 de mayo. El fallo del jurado se hace público mediante la lectura del acta el primer sábado del mes de julio, a las siete de la tarde, por decisión de don Enrique quien estudió la climatología local y concluyó que ese día no había llovido casi nunca en la localidad de ahí que se eligiera esa fecha; de hecho, en sus 35 años de andadura, nunca se ha suspendido por ese motivo.
El acto, que se lleva a cabo a la sombra del molino con la asistencia de un nutrido grupo de personas, escritores, profesores, amigos y, en general, amantes de la literatura, consiste en una presentación con lectura de algún pasaje del Quijote, y la entrega de premios a los ganadores que leen sus trabajos ante la audiencia; a continuación reciben como galardón, de manos de la fundadora, doña Amparo, una obra original realizada por el ceramista conquense Adrián Navarro Calero, y una pieza de cuchillería artesana de Albacete, una navaja en cuya hoja aparece grabada la edición en la que han sido premiados.
En esta ocasión se han presentado 125 trabajos, entre las categorías de poesía y prosa, y los ganadores se reparten entre Toledo, Madrid, Sevilla, Cuenca y Jaén.
Concluida la entrega de trofeos, el alcalde de la localidad pronuncia un pequeño discurso, y cierra el acto la propia doña Amparo que dirige unas palabras a los asistentes agradeciendo a todos su presencia y participación.
A continuación, la organización ofrece a los presentes una merienda manchega, emulando en lo que debió consistir el banquete de las famosa boda de Quiteria y Camacho, constituida por productos típicos de los que el plato fuerte son las gachas en sartén acompañadas de tajadas de tocino, güeñas, queso, y embutidos caseros con pan sentado y ensalada, bañado todo ello con cuerva hecha con vino de la tierra.
Un dato curioso, del cual se advierte en las invitaciones, es que todos los asistentes deben acudir provistos de la tradicional navaja albaceteña a modo de cubierto para poder degustar estos manjares también al modo tradicional. La cena se concluye con un delicioso postre al que Cervantes se refiere como “frutas de sartén” y que no son sino rolletes fritos rebozados en azúcar o miel.
Concluido el ágape los asistentes se agrupan para charlar en amenas tertulias que finalizan con la caída del sol.
El Concurso literario Molino de la bella Quiteria no es, obviamente, un certamen al uso sino que sus fundadores han sabido convertir este acontecimiento en una celebración en la que se aúna el placer de la literatura y el de la gastronomía, arte y fiesta, recreando al mismo tiempo uno de los pasajes más relevantes de la obra más universal de todos los tiempos: Las bodas de Camacho, de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Cada primer sábado del mes de julio, a las siete de la tarde, todo aquel que lo desee puede asistir a una fiesta en la que los anfitriones agasajan a sus invitados, como si de una boda se tratara, con exquisitos platos y los deleitan, al mismo tiempo, con la lectura de variados textos literarios.
jueves, 8 de julio de 2010
¿LA ESPAÑA INEXISTENTE? Sakamura, Corrales y los muertos rientes, de Pablo Tusset
domingo, 4 de julio de 2010
Homenaje a José Saramago: LUCIDEZ Vs. CEGUERA: LA PROCLAMA DE UN REVOLUCIONARIO
José Saramago, escritor vital y comprometido hasta sus últimas consecuencias, uno de los más insignes y lúcidos escritores, y uno de los grandes pensadores de nuestra época, ha muerto en su refugio de Lanzarote, y con su desaparición el mundo de las letras, de la literatura y del pensamiento ha perdido una de las figuras más destacadas de las últimas décadas.
Desde una ideología declarada y marcadamente comunista y agnóstica, defendida hasta el final de sus días, el escritor lleva a cabo un profundo análisis del mundo actual y de la condición humana, a la vez que realiza una aguda y dura crítica de la sociedad occidental y de su comportamiento como grupo desde la ficción que supone el hecho literario; pero al mismo tiempo, en cada una de sus obras, se vislumbra una fe sólida en el ser humano y en su capacidad para salir de ese estado de ceguera intelectual, ideológica y social en el que se halla sumido. El hombre, como individuo, como ente pensante y ser inteligente, debe redimir y salvar al grupo.
Cada una de sus obras es un intento de despertar las conciencias, ya sea desde la provocación, ya desde la simulación o desde la denuncia, y de abrir los ojos a una sociedad, la nuestra, indiferente, poco crítica y dócil ante las manipulaciones y el abuso del poder en cualquiera de sus manifestaciones.
La civilización occidental debe salir del letargo en el que se encuentra, acomodada en un sistema de vida capitalista, en el que la escala de valores sitúa en primer término lo superfluo, dejando a un lado los valores éticos de solidaridad, compromiso y sensibilidad, y en el que el hombre, ignorante de su alienación, es manipulado por los poderes fácticos y esclavo de unas ideologías impuestas, en algunos casos, por la tradición de la que difícilmente puede liberarse.
Desde una postura ética, abierta y radical al mismo tiempo, crítica la resignación para asumir doctrinas, especialmente religiosas, que comprometen la libertad del hombre y nublan su razón. Esta ceguera es la causa de su esclavitud; se hace necesario recobrar la visión, la lucidez, cuando el resto el mundo permanece ciego, vagando sin rumbo en una espesa nube blanca, y la supervivencia, única razón para actuar, marca las pautas de conducta.
Usando su palabra como revulsivo para incitar a nuevos planteamientos, ésta será la luz que ilumine el camino hacia una nueva sociedad fruto de una visión renovada que empujará al hombre a la rebelión transformándolo en un ser libre para actuar, para cambiar el status quo y construir un mundo mejor, más justo y más habitable, más social, en el sentido marxista del término; se trata de la defensa de un socialismo revolucionario que el escritor reivindica desde la literatura y que defiende utilizando como arma la palabra.
Pero para que estos planteamientos se hagan realidad es necesario ver la luz, salir de la oscuridad, abrir los ojos, cuestionarse lo establecido y replantearse las normas que rigen las relaciones sociales y la propia vida. Hay que destruir para crear. Hay que cambiar para progresar.
Esta es la proclama que, de un modo u otro, trasmite con cada una de sus obras desde las que se reivindican valores éticos de compromiso personal, social y político.
Así, inquieto y preocupado, pero en armonía con su entorno, se nos presenta la figura de este escritor que manejó como ningún otro la alegoría en sus novelas para trasmitir una visión personal y apasionada del mundo en el que le hubiera gustado vivir:
“Soy un hombre que mantiene intacta la capacidad de indignación. Tengo un cabreo profundo, permanente... En América, hace poco, me hablaban de los epitafios. Mire, si yo pudiera redactar mi propio epitafio diría "aquí yace, indignado, fulanito de tal". La indignación es, digamos, mi estado habitual. […] Por decirlo de una forma que puede parecer chocante, estoy en armonía con un mundo que no me gusta.”
domingo, 20 de junio de 2010
¡Olé, olé y olé!
El estado de indignación en el que me encuentro me empuja a escribir este artículo ante la indiferencia de gran parte de la población por hechos tan vergonzosos como los que hemos conocido recientemente. De qué estoy hablando se preguntarán: de los bárbaros que defienden el maltrato animal y, lo que es peor, que lo practican. En este país nuestro ”de charanga y pandereta”, que diría Machado , el divertirse a costa del sufrimiento ajeno es algo consustancial, al parecer, a la naturaleza de “español” ; y si hablamos de animales, se trata casi de una obligación, es costumbre, es tradición; una tradición vergonzante para cualquier persona sensata y sensible. Pero, aquí, repito, en este país que se ha identificado a través de los siglos con “la piel de toro”, metáfora sorprendentemente triste además, esas cualidades parece que están ausentes.
Todo y todos evolucionan, pero los españoles seguimos practicando rituales sanguinarios que tienen su origen en el desvarío de cuatro emperadores romanos medio locos, déspotas e irracionales a los que la vida, humana o animal, no les importaba en absoluto, es decir, los espectáculos en los circos romanos, verdadero origen de las corridas de toros, en las que el arte, como llaman los aficionados a este patético espectáculo, consiste en hacer sufrir a un animal hasta matarlo de la forma más sangrienta posible; si el torero resulta, además, herido o muerto es el “summun” ¿puede haber mayor despropósito y mayor salvajada? Y para colmo, estos que se llaman defensores de la “fiesta nacional” se escandalizan con las matanzas de focas o ballenas, o la caza de animales exóticos o vaya usted a saber. ¡Hay que joderse!, con perdón.
Hace unos días asistimos a un espectáculo vergonzoso en las fiestas de un pueblo llamado Alhaurín, en la provincia de Málaga: una turba de jóvenes desalmados, como parte de los festejos de la localidad, mataron a golpes de una vaquilla, dicho sea de paso, sin intervención de las fuerzas del orden ni del Consistorio.
Pero no es éste un hecho puntual; estos actos se repiten a lo largo de nuestra geografía como parte de las fiestas populares de un pueblo inculto, bárbaro y cruel: el español ¿es ese el concepto que hay de fiesta en nuestro país? ¿tirar a un animal desde una torre, quemar los cuernos de una vaquilla o torturar hasta la muerte a un toro es una fiesta? ¿es eso lo que consideramos cultura?
Pero lo más aberrante de todo ello es que para defender estas bestialidades se alude a la tradición: “forman parte de nuestra tradición”, dicen los adeptos a ellas, como si la tradición fuera algo intocable e incuestionable. Muchas tradiciones, algunas de más raigambre, han sido prohibidas o eliminadas (recordemos la caza del zorro en Inglaterra, por ejemplo). En mi opinión, el progreso de un pueblo, estriba en eliminar las tradiciones que van contra la ética, la moral, para ser mejores personas, más comprometidas, más sensibles a todo, incluido el sufrimiento de los animales, la implicación con la salvaguarda de la naturaleza y la concienciación de la importancia de la vida de todos los seres que habitan el planeta. La defensa de la vida es el primer principio moral que el ser humano debería defender; no puedo decir que los individuos que practican, defienden y se sienten orgullosos de hazañas tales como la acontecida en las fiestas de Alhaurín actúen como animales, eso sería un piropo : son mucho peores pues ningún animal mata o hiere a un ser vivo por placer, eso es únicamente fruto de la retorcida mente de ese individuo que llamamos “ser humano”, aunque, a juzgar por lo que vemos cada día, de humano tiene más bien poco. ¡Menudo espectáculo! Una panda de individuos borrachos matando a golpes a una vaquilla y dejando a otra malherida. ¡Por Dios! ¿en qué país estamos? ¿pero es que nadie va a hacer nada ante tales comportamientos? ¿esos desgraciados no van a recibir su merecido por la sádica conducta de la que han alardeado? Pero el asunto es, en mi opinión, mucho más grave. Nuestras autoridades, nuestros gobernantes, lejos de castigar como se merecen a estos salvajes, lejos de luchar porque desaparezcan de nuestras tierras estos espectáculos degenerados propios de vándalos más que de ciudadanos civilizados (incluyo, por supuesto, la “fiesta de los toros”), no hacen nada, se quedan con los brazos cruzados y los más impresentables como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre -bastante tienen los pobres madrileños con semejante Presidenta- pronuncia unas lamentables declaraciones y pretende declararla bien de interés cultural en respuesta a la iniciativa catalana de prohibir la “fiesta nacional”; a Madrid le siguieron Valencia, Murcia y Extremadura. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid explicó que el Gobierno autonómico "protege nuestras tradiciones culturales y garantiza el derecho de los ciudadanos a acceder a la cultura, ejerciendo la libertad individual de cada uno"."Son una fiesta –continuó- que identifica valores tradicionales culturales muy arraigados en el pueblo español y nadie puede discutir el valor cultural de los toros. Sólo hay que ver al propio Cid lanceando toros, la pintura de Goya o Picasso o leer a Lorca. Negar esa evidencia es algo absolutamente ciego desde nuestro punto de vista"; pura demagogia, me parece.
¡Qué vergüenza siento como española, al oír tales declaraciones, por pertenecer a un país en el que éste es el concepto de cultura y arte: el ensañamiento y la tortura de un animal por puro placer!
Este nuestro gobierno, al que tanto le preocupa Europa, que se le llena la boca recordándonos continuamente que somos europeos, que trata de imitar y copia todo lo que el dios Europa hace y que obedece todas las órdenes que recibe de éste, qué paradoja que no se inmute por la opinión que tendrá de nosotros la Europa civilizada al contemplar tales atrocidades y, posteriormente, las bochornosas e inmorales declaraciones de nuestros políticos.
Exhibición como la contemplada hace unos días en el encierro de Alhaurín, y otras como la decapitación de aves, por ejemplo, en Nalda, la lapidación de ardillas o palomas en Robledo de Chavela, el arrastre por las calles de un burro en Villanueva de Vera, el desgraciadamente famoso lanzamiento una cabra desde el campanario de la iglesia en Maganenses de la Polverosa, o los tristemente conocidos Toro de la Vega en Tordesilla, Toros de fuego de la zona de Valencia, Toros ensogados de Benavente o el Toro de San Juan en Coria, llamadas fiestas populares, o las corridas de toros, en las que se tortura y asesina de manera cruel a 60.000 animales cada año ponen de manifiesto el carácter del pueblo español, para nuestra vergüenza, salvaje, inculto y primitivo.
Dejemos ya de apelar a la tradición para mantener costumbres que ofrecen más allá de nuestras fronteras una imagen bochornosa del país y que hace que algunos entre los que me encuentro, se avergüencen de pertenecer a él y que atentan contra el derecho de todo ser (no sólo humano): el derecho a la vida. Empecemos a luchar por conseguir una sociedad concienciada por la importancia de la vida y el respeto a todos los seres vivos. Fomentemos el amor a los animales en vez del disfrute con su sufrimiento y su muerte. Eliminemos de la sociedad, de una vez por todas, comportamientos denigrantes que nos perjudican a todos.
Estos lamentables espectáculos y el terrible hecho de que haya gran parte de la población que los defienda y practique es la prueba más que fehaciente de que somos todavía, para nuestra desgracia, un pueblo intelectual y culturalmente inferior, y que queda mucho camino por recorrer para que podamos identificarnos con los calificativos de “educados y civilizados” a los que creo que cualquier sociedad debería aspirar.
viernes, 23 de abril de 2010
MIGUEL HERNÁNDEZ Y EL IMPRESIONISMO LITERARIO. EL JUEGO DEL COLOR
Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.
“Canción última”
La obra poética de Miguel Hernández se halla, verso a verso, impregnada de los colores que, desde niño, acompañaron las vivencias del autor. La luz mediterránea de su Orihuela natal le mostró desde la más tierna infancia una amplia gama de tonos que, con múltiples matices, quedaron grabados en su joven retina y que, de una u otra forma, sirvieron con el tiempo para profundizar en la esencia del mundo que rodeó al hombre y al poeta, y constituyeron un punto de apoyo para expresar de forma sencilla las propias experiencias o emociones mediante una especial asociación entre color e impresión, entre color e idea, alcanzando éste un protagonismo notable y mostrando una presencia constante a lo largo de toda su obra. El autor no pudo, ni quiso, sustraerse a la influencia de ese colorido y se sirvió de él como instrumento para ofrecer un nuevo sentido a las palabras y reflejar mejor su alma de poeta de la vida.
No obstante, sería poco acertado considerar que fueron exclusivamente estas experiencias de infancia y juventud las que marcaron tan acusada preferencia por el uso del color como vehículo de expresión, pues si bien definieron su estilo no constituyen la única explicación de la vasta presencia de este componente en su obra.
Hay que recordar, en este sentido, que Miguel Hernández, quizá por su temprana afición al dibujo, mantuvo a lo largo de su vida una especial relación con el mundo de la pintura, arte del color por excelencia, por la que se sintió especialmente atraído. No en vano contó entre sus amistades con artistas de la categoría de Benjamín Palencia, Maruja Mallo, Abad Miró o Fancisco de Díe, autor del cartelón para Perito en lunas y al que el poeta se dirigía como “mi amigo Paco”. El propio escritor, de hecho, solía dibujar , lo cual es una clara señal de la existencia en él de una vocación pictórica frustrada que trasladó por medio de la palabra a su obra y que, por otro lado, influyó claramente en su quehacer poético.
Miguel Hernández es uno de los poetas que ha sabido, como pocos, dominar la técnica de pintar el mundo con una gama de colores que pasa por todos los matices imaginables, si bien, no perceptibles por la vista: la palabra es en él la pincelada con la que refleja una realidad que no siempre le fue amable y que por ello abarca un campo cromático que se extiende desde blanco, el color de la luna, de la infancia y de la felicidad, hasta el negro del luto, de la muerte, de la ausencia y de la soledad, llegando incluso en algunas ocasiones a con-fundirse en un mismo:
Tú de blanco, yo de negro,
vestidos nos abrazamos.
Vestidos aunque desnudos
tú de negro, yo de blanco.
Cancionero y romancero de ausencias. 108
El color como cualidad de las cosas no es más que cierto juego de luz que otorga a los objetos un carácter peculiar o distintivo pero que en la obra del poeta oriolano se transforma y adquiere un nuevo valor recorriendo todo un abanico de posibilidades, constituyendo un arco iris de sensaciones: dolor, amor, guerra, muerte, sufrimiento, paternidad, separación, ausencia y soledad adquieren en su obra un tono propio que será expresado mediante el uso de numerosas y variadas expresiones lingüísticas asociadas al color y capaces de trasmitir el más hondo sentir humano.
Con una más que generosa paleta cromática ha sabido como pocos captar no sólo la apariencia de las cosas, del mundo alrededor, sino trasmitir junto con ello la esencia de la propia alma del poeta; el autor logra plasmar así una visión de la realidad, su visión, que va más allá del propio hecho lingüístico. El color es el vehículo y el instrumento que le permite expresar de forma precisa, ya sea consciente o inconscientemente, sus sentimientos y trasmitirlos al receptor en estado puro.
Tras la lectura atenta de la poesía hernandiana se desvela una ingente variedad de términos que de forma directa o indirecta apuntan al color y acercan al lector no sólo a la apariencia externa de lo descrito o nombrado sino – lo que es más importante- a la impresión que ello causa en el poeta y de la que, a través de dichos elementos, hace partícipe al receptor.
Sus versos, impregnados pues de ese colorido, constituyen una poesía de las impresiones, que apunta directamente al sentimiento cuyo efecto es un hecho que trasciende la mera expresión en sí, de modo similar a como la pintura mediante sus trazos coloristas produce una determinada reacción en aquel que la contempla; los colores, en este sentido, tienen una función tan importante como el propio significado de las palabras. Se trata de una evocación a través de la impresión y, en base a ello, podemos afirmar que nuestro poeta alicantino se encuentra en la línea de los grandes maestros del llamado Impresionismo Literario representado por figuras como Verlaine, Rilke, o Mallarmé cuya intención esencial -como este último declaró- era “pintar no la cosa, sino el efecto que produce”, idea que se halla claramente en consonancia con el concepto que de la poesía representa nuestro autor y que también reconocemos en figuras de la talla de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez o Rafael Alberti, aficionado como él a la pintura, con los que comparte, además, ese gusto por el uso del color como forma de expresión.
El crítico y escritor argentino Ángel J. Battistessa recoge de manera muy acertada, en un interesante estudio sobre la obra poética de Rilke, algunos de los puntos clave que reflejan la esencia de lo que se ha denominado impresionismo en literatura señalando que dicho movimiento “no tiende a la directa reproducción de las cosas, sino a la reproducción de la impresión que las cosas nos producen. Al impresionismo no le interesa lo que son las cosas en su aristada desnudez objetiva; lo que le interesa -y esto es lo único objetivamente- es el cómo se aparecen esas cosas en una circunstancia o momentos determinados.”
Así entendida la poesía, podemos afirmar que en los versos de Miguel Hernández la palabra evoca, y al mismo tiempo provoca, un cúmulo de impresiones matizadas y concretadas por los campos semánticos o asociativos referidos al color en los que se aglutinan los términos empleados y cuya elección viene determinada, en la mayoría de las ocasiones, por la percepción que de la realidad experimenta el autor y que exterioriza a través de éstos. De ahí que un mismo tono no presente idéntico referente en todas las composiciones sino que se constituya en símbolos diversos, es decir, con un significado especial y único producto de distintas vivencias coyunturales.
Los mismos colores se transforman con cada nueva aparición perdiendo no sólo su valor semántico original sino entrando a formar parte de un campo asociativo específico y diferente. Así, por ejemplo, en Perito en lunas, el blanco se constituye, como símbolo de la luna, en metáfora de lo cotidiano, fruto de la contemplación de la que era objeto por parte del joven Miguel durante las noches vividas al raso cuidando del ganado o simplemente la presencia constante de este elemento en los paseos nocturnos por unas calles que apenas contaban con iluminación; mientras que, por otro lado, en composiciones posteriores, asociado a la nieve, la leche o la luz es capaz de trasmitir todo un abanico de emociones que van desde el amor, la felicidad o el deseo a la rabia, el dolor, la decepción o la soledad:
Tejidos en el alma, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
“Hijo de la luz y de la sombra”
Verde, rojo, moreno: verde, azul y dorado;
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos.
“A mi hijo”
De igual modo sucede con el azul, metáfora modernista por antonomasia, con la que, en sus primeros poemas, pinta el cielo mediterráneo de la infancia y que el poeta, todavía no azotado por el látigo de la vida, inocente y feliz, contempla sobre el campo de su Orihuela natal; pero es ése el mismo tono que en el Romancero y Cancionero de ausencias pasa a formar parte de un grave conjunto de elementos lingüísticos que semánticamente remiten a la angustia, al vacío y al sufrimiento que provoca en nuestro autor el dolor por la ausencia del hijo muerto:
El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
entre nopales azules;
pitas azules y niños
que gritan vívidamente
si un muerto nubla el camino.
De aquí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos, y los muertos.
Cuatro pasos, y los vivos.
Límpido, azul y dorado,
se hace allí remoto el hijo.
Cancionero y romancero de ausencias. 6
Blanco, negro, rojo, nieve, luto, sangre, nata, azul, sombra, luz, dorado o plata son términos que aparecen continuamente en sus versos y que presentan un fuerte componente simbólico: una palabra remite a un elemento diferente del que contiene su significado denotativo mediante asociaciones particulares, y en el fondo de esas asociaciones se encuentra más que cualquier otra relación el color.
El lenguaje del poeta de Orihuela se presenta así como un lenguaje plástico y visual, repleto de términos que sugieren directamente el color o lo insinúan, de metáforas sensoriales en las que la palabra, por su capacidad poética y no sólo descriptiva, aislada o en combinación con otros elementos, logra arrastrar al lector al mundo interior del autor y participa con él de los sentimientos o emociones que pretende transmitir y que van más allá de lo directamente expresado.
Emisor y receptor comparten así una misma realidad y experimentan similares emociones por medio de la impresión que produce la palabra. Mediante imágenes asociadas a determinados colores, bien fruto de la individualidad del poeta, bien establecidas por una tradición anterior, metáforas intimistas o contrastes, el autor logra ir más allá de la propia expresión verbal y consigue exteriorizar aquello que se oculta a la vista.
Para Miguel Hernández, la poesía constituye mucho más que un mero ejercicio estilístico; se convierte en una necesidad vital de expresión del yo que plasma mediante un lenguaje poético cargado de imágenes sensoriales entre las que destacan aquellas que en mayor o menor medida hacen referencia al color.
Y es, en fin, este juego del color el que nos permite penetrar en un mundo de emociones personales del que se hace partícipe al lector y mediante el cual el alma del poeta se torna accesible y de desvela en toda su grandeza.
Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
sábado, 17 de abril de 2010
¿Qué es la verdad?
El escrito en cuestión, que reproduzco aquí, fue el resultado de numerosas lecturas, especialmente filosóficas, en torno a ese complejo concepto, y con él trataba de responder a la pregunta ¿qué es la verdad?
Tras la lectura de textos acerca de la visión de las diferentes concepciones de verdad a lo largo de la historia y el acercamiento a las reflexiones de algunos filósofos a través de sus libros quiero exponer mi opinión o conclusiones lo cual supone un problema dado que no me considero capaz de dar una definición de verdad breve y precisa ni señalar una concepción con la que me sienta identificada, pues mi reflexión aparece repleta de preguntas y escasa de respuestas, y la búsqueda de éstas sólo da como resultado la multiplicación de aquellas.
La diferentes interpretaciones que los filósofos han realizado acerca de qué es la verdad han surgido en relación a las aportaciones anteriores (en oposición o extensión) y no son, en muchos casos, contradictorias. Estas concepciones diferentes son fruto de un cambio (avance) en la mentalidad, en la sociedad, en los conocimientos, descubrimientos y han surgido de una situación concreta en una realidad que origina y explica cada una de ellas. Según se transforma la realidad, cambia la concepción de lo que es verdadero o de la verdad. Así pues, creo que existe una relación entre realidad y verdad. Es más, pienso que la verdad supone una forma de ver esa realidad desde una situación particular y está condicionada por una serie de prejuicios e intereses particulares (pragmáticos tal vez) o generales (tradición). En este sentido comparto la visión hermeneútica de Gadamer y estoy convencida de que toda verdad supone una interpretación que surge desde una situación concreta y no se puede escapar a ello; así en el momento en que la situación es diferente la verdad también lo es.
Antes de continuar me gustaría señalar que la verdad es algo que preocupa en diferente medida al científico, al filósofo y al hombre corriente y esta especificación me parece esencial a la hora de aportar mi opinión pues las consideraciones de unos y otro son muy diferentes (en cuanto a la razón de poseerlas, la necesidad de ellas, el marco en el que las utilizan...) y eso va a propiciar diferentes concepciones de la verdad. El hombre siempre ha necesitado poseer verdades, pero mientras para los primeros constituye un asunto esencial (no sólo poseerlas sino tener la seguridad de que son verdades), para el segundo no supone un problema de primer orden. Por ello éste simplemente las acepta, asume y utiliza, mientras aquellos las buscan.
En mi opinión, en ciertos ámbitos, como el científico, es necesaria además de útil la posesión de verdades, es decir, de conceptos (teorías, proposiciones, planteamientos...) cuya validez sea demostrable y por ello constituyan verdades que se admiten como objetivas y universales.
En la vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis más riguroso, nos parecen llenas de contradicciones. El hombre corriente admite estas verdades, que realmente son creencias en su mayoría, y que tienen validez en tanto son útiles en algún momento presente o futuro de su vida. No hay necesidad de buscar un porqué ni de comprobar en cada una de ellas su veracidad. Mantienen su validez hasta que algún individuo las pone a prueba. Esto ocurre de la misma manera con las verdades científicas supuestamente objetivas, universales y comprobadas ya que cualquier principio científico o teoría deja de ser válida cuando dejan de ser útiles o se comprueba su falsedad o ineficacia.
En la búsqueda de la verdad es necesario y lógico comenzar por nuestras experiencias presentes y parece obvio que el conocimiento se deriva de ellas. De la realidad deducimos o inducimos lo que en cada momento consideramos verdadero, tanto lo comprobable como los conceptos abstractos. La experiencia es la base del conocimiento, tanto el científico como el no científico. Todo conocimiento que, sobre la base de la experiencia, nos dice algo sobre lo que no se ha experimentado se basa en una creencia que la experiencia no puede confirmar ni desmentir. La existencia y la justificación de tales creencias entendidas como forma de conocimiento (y por tanto de verdad) suscita el problema de su grado de certeza, que es el que ha ocupado a científicos y filósofos durante siglos. En mi opinión, esto no supone un problema para el hombre corriente pues, como ya he señalado, estas creencias son validas en tanto funcionan, es decir, su validez se concreta en la utilidad en la vida diaria.
Por último, no quisiera terminar sin hacer referencia a dos filósofos, Habermas y Foucault, cuyas teorías me han resultado muy interesantes: la verdad como consenso, del primero, y la verdad como un mecanismo de poder, del segundo.
En primer lugar, en los comentarios de los apartados anteriores me he referido a la cuestión que nos plantea la teoría del consenso y que es si el hecho de que algo sea aceptado como verdadero por una mayoría (consenso) nos asegura que estamos ante la verdad. Yo no creo en esa relación y pienso que esa verdad consensuada es más bien un mecanismo de ordenación y funcionamiento social (establecer normas de convivencia), siendo válida en ese sentido en tanto que funciona socialmente y eso es lo que determina su validez, más que el hecho de que sea algo verdadero o no, simplemente hablamos de algo válido (en cuanto útil, práctico) para la mayoría a la que supuestamente beneficia y por lo que queda probada su validez (volvemos a la concepción pragmática de base). Por otro lado, esta teoría me parece absolutamente idealista, tanto como la creencia de que todos los seres humanos somos iguales, incluso aunque sea la forma de “verdad” que está funcionando en los sistemas democráticos en la actualidad en los que los individuos creen haber llegado a la verdad o haber adoptado libremente unas normas válidas que convienen a la mayoría a través del consenso.
Por otro lado, siempre ha habido y sigue habiendo una voluntad generalizada de hacernos creer que la verdad no tiene nada que ver con el poder. O, dicho de otra manera, que quien ejerce el poder no posee la verdad o que quien posee la verdad, no ejerce poder. Sin embargo, en mi opinión, mientras se ejerce el poder se trata de hacer valer las verdades propias y suelen rechazarse las ideas ajenas como falsas. El poder siempre se practica en nombre de ciertas verdades y , además, quienes consiguen imponer verdades están apoyados en algún tipo de poder. Obviamente no estoy hablando de un poder por la fuerza, aunque esto sucede en algunas ocasiones, En muchos casos ni tan siquiera el hombre es consciente de su existencia tal es su forma de actuar. Es un poder subliminal, mucho más sibilino; un poder oculto bajo un halo de verdad y que utiliza ésta como instrumento de manipulación que obedece, por regla general, a determinados intereses de índole diversa. En este sentido, creo que las aportaciones de Foucault a las teorías de la verdad han resultado muy interesantes y esclarecedoras.
En conclusión, mi opinión es que no existe la verdad absoluta como algo objetivo, universal y único (ni siquiera en el ámbito científico) sino que existen diferentes verdades o tipos de verdad y que dependen tanto del contexto en el que se utiliza el término o al que se refiere, como del individuo que la presenta. Es lógico que exista una verdad que se aproxime a esa verdad absoluta (el científico, por ejemplo, la necesita) pero por otro lado nuestra realidad está rodeada de muchas otras “verdades”, creencias con pretensión de verdad que asumimos como tales (algunas demostrables, otras, no; unas comprobadas por nosotros mismos, otras heredadas de los demás...) pero que en tanto que nos sirven en la vida diaria muestran su validez y resulta incluso ridículo estar continuamente cuestionándose la veracidad o no de lo que nos rodea si bien es útil, en algunas ocasiones, reflexionar sobre ello pues a veces tras una verdad (aceptada incluso por consenso) se esconde un ejercicio de poder cuya finalidad es la manipulación del individuo con vistas a la consecución de unos fines que suelen responder a ocultos intereses particulares o de grupo.

