domingo, 10 de octubre de 2010

SEMILLA DE LOS SUEÑOS: Homenaje personal a Vargas Llosa


Con la concesión del prestigioso premio Nobel de Literatura al escritor peruano Mario Vargas Llosa nos hemos encontrado los periódicos y revistas inundados de artículos y testimonios sobre el homenajeado; y la mayoría de ellos nos presentan diferentes aspectos de su faceta profesional en el ámbito literario y político.
Hoy, 10 de octubre del 2010,  nadie desconoce ya que este escritor va a publicar en breve El sueño del celta, su última novela, o que es el autor de obras tan conocidas como La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la catedral, Los Cachorros, Pantaleón y las visitadoras o La Fiesta del Chivo, algunas de ellas llevadas al cine con mayor o menor éxito. A un día de haber recibido el máximo galardón, la mayoría de los ciudadanos han podido leer toda clase de informaciones sobre sus comienzos como periodista -actividad que no ha abandonado nunca-, sobre los múltiples reconocimientos y premios que posee (entre ellos el Príncipe de Asturias, Cervantes o Planeta, en España), y ya se habrán enterado también de que es miembro de las Reales Academias  de la Lengua Española y Peruana o que ha sido investido Doctor Honoris Causa por numerosas Universidades de todo el mundo; además -cómo no- muchos recordarán su incursión en el mundo de la política cuando en 1990 se presentó a las elecciones para Presidente de su país y la derrota posterior que le obligó a abandonarlo, circunstancias por las cuales se instala en España adoptando la doble nacionalidad que posee desde entonces.
Es decir, que la faceta pública se presenta suficientemente conocida y es en esencia la que los medios de comunicación  se están afanando por dar a conocer al mundo, en parte como homenaje y reconocimiento al gran escritor.
No obstante, en mi caso sucedió algo curioso, quizá por esa tendencia tan española de fisgar en las vidas ajenas -siempre me ha interesado enormemente la dimensión privada de los personajes públicos-: en el momento en que apareció el secretario de la Academia Sueca leyendo la noticia, no recordé sus grandes obras, o que el año pasado visitó la ciudad en la que vivo para ser investido Doctor Honoris Causa, o todas las obras suyas que leí cuando era universitaria; no, lo que en aquel momento vino a mi mente fueron algunas anécdotas de su vida personal, mucho menos conocidas que las de su vida pública. En ese momento -digo- volvió a mi memoria un artículo suyo que leí hace años en el que el propio autor recordaba su infancia feliz y el origen de su amor a la literatura, ambos indisolublemente unidos. Se titulaba “Extemporáneos: Semilla de los sueños”. No recuerdo ahora cómo llegó a  mis manos aquel texto pero sí el placer que su lectura me reportó pues me ofreció una visión diferente, mucho más cercana y humana de aquel escritor sobre el que, debo confesarlo, tenía ciertos prejuicios, especialmente debidos a sus continuas incursiones en la política, actividad que aborrezco.
Me sorprendió especialmente por lo diferente que me pareció respecto a todo lo que había leído, incluso muchos de sus otros artículos, siempre plagados de connotaciones ideológicas, políticas o meramente literarios. No llegaba a ver nunca al hombre en ninguno de sus textos, sólo al ciudadano, al ideólogo comprometido, al individuo luchador y reivindicativo. Éste era un texto mucho más sencillo, más natural, incluso tierno, como escrito por un niño grande.
La magia de internet me ha permitido volver a leerlo y quiero que éste sea el punto de partida de mi pequeño homenaje a este escritor, fiel a sus principios, socialmente comprometido, que no ha temido decir lo que piensa, pese a las críticas, que son muchas, y cuya labor literaria acaba de ser reconocida con el Premio Nobel.

El artículo comienza así:

“La casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde viví mis primeros años, tenía tres patios. Era de un solo piso y muy grande, por lo menos en mis recuerdos de esa edad, inocente y feliz. Lo que es para muchos un estereotipo —el paraíso de la infancia— fue para mí una realidad, aunque, sin duda, embellecida desde entonces por la distancia y la nostalgia.”

El primer personaje que aparece en ese “pseudorelato autobiográfico” es la abuela Carmen, para a continuación desfilar por él tíos, primos y parientes que constituían lo que denomina la “vasta tribu familiar” cuyos integrantes, especialmente los más cercanos como los abuelos,  forjaron de diferentes formas el Vargas Llosa que conocemos hoy, hombre comprometido y escritor excepcional.
Sus primeros versos fueron escritos cuando contaba nueve años y en esa precoz vocación literaria tiene mucho que ver la figura del abuelo materno del que el autor ha comentado en una entrevista que “escribía unos versitos que le hacían mucha ilusión” y a quien el joven Mario admiraba enormemente.
Estos poemas infantiles, junto a otras pertenencias del escritor, que constituyen los fondos de la Fundación Vargas Llosa (objetos cedidos por él mismo o por su familia, como cartas, vídeos, libros, manuscritos o fotografías personales) pueden verse estos días en una exposición que sobre el escritor peruano ha inaugurado  la Casa de América Latina de París en colaboración con el Instituto Cervantes y cuyo título es "La Libertad y la vida". Entre estos objetos se presentan algunas piezas interesantes y curiosas como, por ejemplo, algunas figuritas de hipopótamos de la extensa colección que posee el escritor; esta inusual afición,  que la gran mayoría de la gente desconoce, ha llamado la atención de los periodistas que le han preguntado acerca del porqué de elegir tan peculiar animal, a lo que el escritor únicamente respondió que es el animal que, en su opinión, mejor simboliza la paciencia que debe tener el hombre para poder vivir en este mundo Por otro lado, su hija Morgana ha comentado que el hipopótamo es importante para su padre por el contraste que ofrece al ser uno de los animales más grandes y voluminosos pero, a la vez, tranquilo y manso.
 La muestra exhibe, por otro lado, como uno de los objetos más curiosos, una carta escrita a máquina cuando tan sólo contaba con siete años y que representa su primer escarceo literario. El escrito va dirigido al Niño Dios y es la carta que el pequeño Mario envía para pedir sus regalos de Navidad. Es un texto lleno de ternura, inocencia y sencillez en el que podemos leer:

“Como estás tan pobre no me traigas muchas cosas. Quiero los anteojos de aviador que hay en la bombonería España, también, si pudieras, cartera y billetera. Al otro año, a ver si puedes el cine que hay en la casa Marilú”.

Junto al abuelo Pedro adquiere una especial relevancia la figura de su madre, una gran lectora, que  le contagió la pasión por esta actividad. Como él mismo nos relata aprendió a leer con cinco años (uno menos que el resto de sus compañeros), en el primer curso de primaria, debido a que su madre lo matriculó en el colegio un año antes que al resto de los niños porque sus travesuras “la volvían loca”. Desde entonces cada año pedía como regalo de Navidad enormes listas de libros que seleccionaba previamente en una librería a la salida del colegio.
La lectura le descubrió otros mundos y el escritor recuerda como, pese a ser los años de Bolivia una etapa realmente feliz, era aún mayor la felicidad que le reportaba la vida en esos otros mundos de fantasía que plagaban las novelas de aventuras que“devoraba con glotonería”.
Algunos de esos mundos eran, por otro lado, mundos prohibidos y, también por influencia de las lecturas maternas, se adentró en ellos; así su primer libro prohibido fue Veinte canciones de amor y un poema desesperado de Pablo Neruda, libro que su madre siempre tenía sobre una mesita y que leyó a escondidas precisamente porque ésta le había prohibido hacerlo; si bien el propio escritor reconoce que en aquel momento no entendió nada de lo que los sensuales versos pretendían trasmitir aunque no preguntó  a nadie pues consideró que no era aconsejable pedir a los mayores aclaraciones sobre su significado.
Tras estos primeros contactos con las letras tiene lugar la primera verdadera pasión literaria que no fue otra que la obra del francés Alejandro Dumas, descubierto en Piura, algunos años después de abandonar Bolivia, aunque, según él mismo afirma, tuvo un anticipo de esa pasión cuando todavía vivía la familia en Cochabamba leyendo otras obras entre las que cita Nostradamus o El hijo de Nostradamus que consiguió que le prestara una amiga de su madre, Julia Urquidi, quien curiosamente años más tarde sería su tía y después su esposa, y a la que dedicará la novela La tía Julia y el escribidor.
Tras esa primera pasión vinieron otras muchas y han permanecido con él a lo largo del tiempo. Todavía hoy, durante las largas temporadas que reside en Madrid, se le puede ver con frecuencia recorriendo las estanterías de la pequeña librería Méndez de la calle Mayor; Antonio, el dueño, lo describe como “un hombre de modales exquisitos, algo británicos, caballeroso y decidido en lo que respecta a las letras”.
Paralelo a su interés por la lectura se desarrolla su afán por escribir, el cual tiene su origen en la frustración que le producía el final de los libros de aventuras a los que era aficionado pues, o bien no le gustaba el desenlace que había decidido el autor y por tanto debía cambiarlo, o bien la historia era tan atractiva que se veía obligado a continuarla para poder seguir disfrutando de ella. De este modo se aficionó a prolongar los finales de cada uno de los libros que leía.
El propio autor reconoce que todo lo que escribió después, de algún modo, está influenciado por esas primeras manifestaciones creativas; incluso toda su obra posterior surge de las propias vivencias de esa etapa feliz de su vida y de otras posteriores no carentes de emociones y atractivo.
Durante esos años aparecen en su entorno otras figuras que no son menos influyentes y que, en cierta medida, van moldeando su forma de pensar. La convivencia con su tía y su abuela y las posturas que ambas mantenían ante la vida, su falta de tolerancia, la imposición de reglas basadas en verdades absolutas e incuestionables cuya discusión simplemente no se aceptaba y la ideología dogmática  provocaron el rechazo de ese tipo pensamiento y, con el paso de los años, lo condujeron hacia posiciones liberales (de proclama de la libertad del ser humano por encima de todo, libertad moral, de conciencia, y responsable como base de la civilización y de una sociedad progresista) totalmente contrarias a lo que había vivido en su infancia. Esta forma de pensar le ha llevado a defender la resistencia del individuo ante el acoso del poder, a atacar y denunciar las dictaduras, y a un serio compromiso social y político que le ha acarreado no pocas críticas.
Para Vargas Llosa “el escritor es un ser en desacuerdo con su entorno” y es esa falta de adaptación la que le empuja y obliga a escribir. En este sentido, la literatura es el arma con la que cuenta para denunciar aquello con lo que no está de acuerdo y luchar por lo que considera justo. De ahí que sus obras y su vida personal se muestren en continua relación con la política pues, como él mismo ha manifestado en alguna ocasión, “la literatura no se puede separar de la política”; la situación social en la que el escritor se ve inmerso y que, de uno u otro modo afecta a su vida, tiene por fuerza que estar presente en su obra. El escritor no puede vivir al margen de la sociedad, del mundo en el que le ha tocado vivir, y como ciudadano -que también lo es- debe adoptar una postura ante los acontecimientos y defenderla con las armas de que dispone; en este caso, con la palabra.
Así pues, los familiares y las experiencias que poblaron la etapa de su infancia determinaron, en parte, su labor como escritor y su actitud como hombre y como individuo social; una infancia marcada por la religiosidad de su familia, la ausencia de su padre, al que conoció en Lima cuando contaba diez años de edad, con el que jamás mantuvo una buena relación y que nunca entendió sus deseos de dedicarse a escribir; la intransigencia y el fanatismo de su abuela y de sus tías, pero también el gusto de su abuelo por escribir poesía y la pasión de su madre por la lectura.
A la etapa de la infancia feliz y los primeros contactos con las letras relatados por él mismo en Semillas de los sueños se suceden otras no menos interesantes y que supusieron el verdadero impulso en su quehacer literario y su decisión de dedicarse a escribir así como el afianzamiento de una línea de pensamiento crítico y de compromiso social.
Comenzó su trayectoria profesional, siendo un adolescente,  en el campo del periodismo, del que nunca se ha apartado, como aprendiz en el diario local La Industria. En 1955, con 19 años, se casa con su tía Julia, divorciada, lo cual supuso un verdadero escándalo en su entorno y durante esos difíciles años 50 se ve obligado a aceptar siete empleos diferentes, mientras terminaba la carrera en la Universidad, para poder mantener a su esposa, empleos a los que se ha referido en algunas entrevistas como “siete trabajos alimenticios”, y entre los que destaca una columna semanal que escribía para el suplemento dominical de El Comercio sobre narradores peruanos, o las curiosas “papeletas sepulcrales” que consistían en elaborar listas de difuntos, tarea que le fue encargada por la beneficencia pública tras perder ésta todos los archivos del cementerio. Entre risas, el escritor comentó en un programa de radio que le pagaban por muerto registrado y que se dedicaba a ello los fines de semana ya que era el único tiempo que le quedaba libre.
El joven periodista pronto se dio cuenta de que jamás llegaría a ser un escritor profesional en Lima porque la literatura no se consideraba allí una profesión por lo  que comenzó a acariciar un viejo sueño que pronto se hizo realidad:

"Yo desde pequeñito tenía el sueño de París. Estaba convencido de que si no llegaba a París, no sería nunca un escritor, que había que vivir en París para ser un escritor porque París era el centro de la cultura, de la literatura",

Y en 1957 Mario Vargas Llosa viajó a París gracias a haber ganado un concurso de cuentos cuyo premio era un viaje de 15 días a la “ciudad de la luz”. Fue el primer paso para dejar atrás Lima. Tras conseguir una beca en la Universidad de Madrid y permanecer allí diez meses, volvió a París con la promesa de una nueva beca que nunca llegó. No obstante, decidió permanecer allí con su mujer desempeñando un trabajo temporal para la Agencia Francesa de Noticias. Y París lo enamoró. Sobre ella afirmó, en una ocasión, que era la ciudad en la que" viviría, escribiría, echaría raíces y se quedaría para siempre". Pero no fue así. Siete años después de su llegada abandonaba la capital francesa en dirección a Londres.
 Y Cochabamba, y Lima, y París y Madrid y Londres sólo fueron los primeros escalones de una gran escalera que lo ha llevado a lo más alto.

“Mi escritura es mi vida, es lo que soy. Soy la literatura que he hecho.
Toda, y el periodismo también”

lunes, 4 de octubre de 2010

VITA FLUMEN: YO MALDIGO EL RÍO DEL TIEMPO, de Per Petterson


-¿Eres tú?
-Sí, soy yo.
                Estas palabras vuelven hoy a la vida de Arvid; pero no llegan a él  a través del oído sino del pensamiento. Son, desde el recuerdo, las palabras que cada día, a modo de “buenos días”, cruzaba con su madre, en la cocina de la vieja casa familiar. Cuando aún era un niño. Cuando aún era feliz; o así lo percibe ahora. Cada mañana Arvid esperaba despierto a que ese hombre al que llamaba padre  saliera de casa hacia el trabajo para disfrutar de los únicos minutos del  día en que tenía a su madre “en exclusiva”, momentos de intimidad entre ambos mientras sus hermanos se levantaban y mientras ella, dándole la espalda, preparaba el desayuno para todos.
                Ahora recuerda también otros momentos compartidos con ella, figura perenne en el árbol de su vida, como cuando recordaban los nombres de los actores de sus películas favoritas compartiendo un pastel Napoleón en la confitería del barrio o cuando, apoyado en un muro, esperaba verla salir por la puerta de la fábrica de chocolate donde trabajaba; la esperaba y la espiaba; la buscaba y, al mismo tiempo, la temía. Temía su franqueza, su mirada, su silenciosa desaprobación, sus silencios. Se sentía incómodo con esos sentimientos pero necesitaba de todo ello. Temía también su indiferencia, sobre todo su indiferencia, y el resquemor que le provocaba la atención que prodigaba a sus hermanos, los celos. Ellos, hasta la muerte del pequeño,  siempre estaban presentes en sus vidas –la de los dos- aunque no los recordase. Para Arvid, sólo eran su madre y él.
Hoy lo entiende –o si no lo entiende, al menos, se lo plantea, lo analiza-,  aunque sigue sin poder escapar a la influencia que esta mujer ejerce sobre él. Su madre siempre ha mantenido ante sus ojos un halo de misterio que le provoca una imperceptible atracción. Aunque ni se conocen ni se entienden; no tienen nada en común salvo el placer que les provoca la lectura, pero no la de la obra fácil, de mero entretenimiento, sino la lectura inteligente, profunda, de ideas. Su único nexo de unión son los libros y el cine.

-¿Eres tú?
-Sí, soy yo.

                Años más tarde, cuando Arvid se convierte en un joven comprometido políticamente con la causa comunista, encuentra su primer trabajo y se independiza trasladándose a vivir a un pequeño apartamento de la plaza de Carl Berner, un lugar mucho más luminoso y alejado del barrio donde transcurrió su infancia, la joven rubia que duerme junto a él, espalda contra espalda, le hace de nuevo la misma pregunta en la oscuridad de la habitación; y el – cómo no- ofrece la misma respuesta.
                Pero ni entonces ni ahora podía ser nadie más. Ambas sabían, sin verlo, que era él, que sólo podía ser él.

                La novela comienza en el presente del protagonista que a sus cuarenta años se encuentra atravesando una profunda crisis personal: su matrimonio no funciona, su mujer ha decidido abandonarlo, su trabajo le aburre, todo a su alrededor es monótono a excepción de los paseos o excursiones que organiza con sus dos hijas a las que corre también el peligro de perder; sus ideales de juventud se han disipado con el tiempo y la experiencia, la causa comunista queda lejana y sin cabida en su burguesa existencia. Y, para colmo, su madre tiene cáncer.
                Su existencia se tambalea, su vida va  a la deriva, se encuentra desorientado y ello le hace volver sus ojos al pasado, a la infancia feliz. Pero el tiempo transcurre inexorablemente y es imposible detener las aguas de ese río.
Le cuesta tomar una decisión sobre qué hacer con su vida cuando, casi de forma casual conoce la noticia de la enfermedad de su madre y de su partida hacia Dinamarca para vivir ese final en la tierra en la que transcurrió su infancia. Y en la que la familia pasaba las vacaciones estivales, junto al mar.
Sin pensar Arvid se dirige al puerto y, como si el tiempo nunca hubiera transcurrido, decide seguir a su madre a bordo del Holger el Danés hasta la pequeña ciudad de la costa de Jutlandia, en Dinamarca, para, en el fondo, intentar recuperar la seguridad que su presencia le infunde, pero bajo el pretexto de ser él quien le sirva de apoyo, de ayuda y compañía en estos momentos. No obstante, la idea resulta extraña considerando que si hay en esta novela algo que en ningún momento deja de lado el autor es la intención de reflejar la incapacidad de comunicación entre los protagonistas, y, al mismo tiempo, la necesidad de ella: he ahí la justificación, tal vez.
La novela  se articula mediante numerosos saltos al pasado –flash-backs- , que apuntan en diferentes direcciones, de manera un tanto inconexa y aparentemente caótica,  pero que responde –digamos- a un estímulo común. Son fragmentos de la vida de Arvid que ahora vuelven a su memoria porque, obviamente, han sido importantes y porque, de algún modo, lo han marcado y han hecho de él lo que es hoy. También porque todo ello le ofrecía, en el pasado, una seguridad, una estabilidad, que ha arrastrado para siempre el río del tiempo y que se ha perdido irremediablemente. La vuelta a ese pasado hace que se sienta algo mejor.
La fragmentación de la línea de su vida queda reflejada en la propia segmentación del discurso que no presenta una historia que avance de forma convencional sino al ritmo que marca la inquietud del protagonista.  
Y su madre ahí, siempre presente y siempre ausente. Ella es el elemento en base al cual ha ido construyendo y se va definiendo su vida. La trayectoria vital que se nos muestra del protagonista está macada no  por sus decisiones, como suele suceder la mayoría de los casos, sino por las variantes reacciones de su madre ante ellas, que en ocasiones no son sino meras provocaciones.
Yo maldigo el río del tiempo es un libro escrito con la incertidumbre y la inestabilidad como hilo conductor, haciendo un uso especial del lenguaje que es claro pero no directo: caracterizado por las frases cortas, por las expresiones y palabras repetitivas, por un uso sorprendente de la puntuación; a veces demasiado en clave, a veces demasiado condensado.

Y como telón de fondo el humano deseo de detener el tiempo:

“ Cerré  los ojos y hundí las manos en la arena; pensé que lo único que quería era quedarme allí, y de repente reconocí aquel aire, sentí contra la piel el mismo aire que había sentido año tras año, justamente en ese sitio, pero nunca con tanta intensidad como cuando tenía siete años; aunque entonces  todo  era distinto...”

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El violín del diablo, de Joseph Gelinek


Por todos los amantes de la música clásica es conocida la leyenda según la cual el extraordinario compositor y violinista Niccoló Paganini había vendido su alma al diablo a cambio de convertirse en el mejor concertista de todos los tiempos. Sus geniales facultades, la técnica extraordinaria (se dice que era capaz de tocar doce notas por segundo) y el virtuosismo con el que ejecutaba complicadísimas piezas se consideraron sobrehumanas y alimentaron la leyenda.    
La sombra de Paganini y su pacto satánico planean sobre este thriller que arranca con el hallazgo del cadáver de una famosa violinista, Ane Larrazábal, cuyo cuerpo aparece estrangulado sobre el piano de una sala del Auditorio Nacional de Madrid; en su pecho, escrita con su propia sangre, puede leerse la palabra “iblis” (“demonio” en árabe). El misterioso asesinato tiene lugar poco después de que la concertista ejecutara magistralmente el Capriccio nº 24 de Paganini, partitura que es considerada una de las obras más complejas y difíciles de interpretar, aunque durante la ejecución de la pieza el instrumento de manera extraña e incomprensible saliera despedido de las manos de la artista y, para sorpresa de todos los asistentes, fuera atrapado en el aire por uno de los músicos.
Casualmente en la sala se encuentra el inspector de policía Raúl Perdomo que, acompañado de su hijo, ha asistido al concierto y es el primero en llegar a la escena del crimen;  todos los presentes advierten enseguida la desaparición del violín con el que la concertista acababa de interpretar la famosa pieza: un carísimo Stradivarius de su propiedad, singular por presentar tallada la cabeza de un demonio en la voluta, trabajo que su dueña había encargado a un famoso luthier y que convertía el instrumento en un objeto único; único y maldito ya que toda su historia se hallaba asociada a extraños y macabros sucesos como su misteriosa desaparición tras la muerte de la anterior propietaria en un accidente aéreo en las islas Azores; debido a ello corría el rumor de que encerraba fuerzas maléficas y causaba la muerte a todo aquel que lo poseía.
A partir de este momento se inicia una investigación que nos conducirá a varios lugares de Francia y España, y en la que se irán implicando numerosos personajes relacionados en mayor o menos medida con la violinista.
Dado el halo de misterio y fatalidad que rodea al instrumento y a las circunstancias de su desaparición, durante las pesquisas que lleva a cabo el inspector para resolver el caso los fenómenos paranormales y los hechos reales se nos van presentando de forma intercalada, más sospechados que comprobados, de manera que Perdomo, absolutamente escéptico y reacio a creer en la existencia de fuerzas diabólicas y causas sobrenaturales, se ve avocado a recurrir a una médium para que le ayude a descubrir la identidad del asesino.
El final del relato, que obviamente no revelaré, es sorprendente, digno de la compleja trama que constituye la investigación del asesinato y que logra mantener el suspense y el misterio hasta el último momento. El desenlace, una pieza musical interpretada en la  escena final, que tiene lugar en la T4 de Barajas, nos devuelve al inicio de la historia porque ambas tienen un punto en común:  “el canto del cisne”. No digo más.

Respecto al autor, la obra está firmada por un tal Joseph Gelinek, pseudónimo tras el que se esconde un musicólogo español que ha decidido permanecer en el anonimato, al igual que hizo en su libro anterior “La décima sinfonía”; el nombre de Joseph Gelinek alude a un pianista vienes que fue humillado por Beethoven en un duelo musical a finales del siglo XVIII.
Me parece interesante destacar el hecho de que, en mi opinión,  con esta obra Gelinek ha conseguido introducir una nueva forma de leer, en el sentido de que su esencia lúdica no puede separarse de un claro propósito, voluntario o no,  didáctico que en absoluto perjudica la novela sino que, muy al contrario, la completa con una rigurosa suma de informaciones y anécdotas que giran alrededor del mundo de la música clásica, de modo que logra acercar a lectores poco melómanos a este universo bastante desconocido para el gran público: terminología, documentación sobre el ámbito musical, descripción de instrumentos y melodías, información sobre compositores reconocidos... Es imposible leer esta historia y superar la tentación de acudir al ordenador para escuchar las piezas que cita el texto o conocer el significado exacto de gran número de términos relacionados con la musicología y desconocidos para el poco aficionado; en este sentido he mencionado la idea de que estamos ante una nueva forma de leer, incluso me atrevería a decir que nos encontramos con una lectura que muy bien podemos calificar como “interactiva”.
En resumen, El violín del diablo es una novela que introduce al lector en el mundo de la música y es una muy buena elección, además, para los amantes de la novela policíaca. Un thriller ágil, de lectura fácil, para todos los públicos, con un argumento atractivo en el que se combinan asesinato, misterio, sensualidad, relaciones humanas, amor, intriga, ocultismo y música. Se trata, en fin, de un libro que sin ser , desde el punto de vista literario, una novela excepcional -quizá para algunos pueda resultar incluso mediocre- ofrece una lectura amena y puede resultar una muy buena opción para disfrutar estos días de verano de una lectura sencilla y de lenguaje fácil.
 Personalmente no me ha parecido una obra genial, pero la recomiendo porque creo que es entretenida y resulta interesante el hecho de mantener la intriga y la curiosidad del lector así como el interés por adquirir ciertos conocimientos musicales y escuchar determinadas composiciones. Nadie que haya iniciado la lectura de esta obra será capaz de concluirla sin haberse deleitado con una interpretación del Capriccio nº 24  de Niccolò Paganini, “el violinista diabólico”.

lunes, 23 de agosto de 2010

Otra vuelta de tuerca al tema del Holocausto. La ladrona de libros, de Markus Suzac .

Como el resto de facetas de la vida actual, la literatura funciona, en líneas generales, por modas. Aparece un argumento que tiene éxito y en un periodo de tiempo asombrosamente breve encontramos las librerías inundadas de obras que abordan hasta la saciedad el asunto en cuestión hasta hacernos aborrecer el género: Novela histórica, nazismo, guerra civil, vampiros...
Hace unos años y por influencia –creo- del cine, un gran número de escritores encontraron un buen filón de inspiración en la tragedia del Holocausto: la barbarie nazi vende. Aunque siempre se habían llevado a la gran pantalla muchas buenas películas sobre este que podríamos llamar “genero literario” (recordemos, por citar algunas de las más conocidas, El gran dictador, Odessa, La decisión de Sophie, La caja de música, El diario de Anna Frank), gran parte de ellas basadas en novelas de éxito, el público en general no había mostrado excesivo interés por el tema; pero en 1993 se abre una nueva etapa cuando Steven Spilber, con su aclamadísima y oscarizada Lista de Schindler, obra maestra que en poco tiempo se convirtió en película de culto, logró despertar el interés y el gran público se dejo fascinar, como por arte de magia, por este negro capítulo de nuestra historia reciente.
Dado el éxito del film pronto empezaron a aparecer nuevas películas que con matices diversos tenían como denominador común la barbarie del nazismo, los campos de exterminio o las vidas marcadas por ello, bien como tema central, como trasfondo o como mero decorado literario.( La vida es bella, El pianista, La operación Valkiria, El hundimiento, Malditos bastardos..., por citar algunos éxitos de taquilla)
La literatura no escapó a esta tendencia e influenciada por ella comenzó a explotar el asunto: las librerías exhibían portadas con esvásticas y pijamas de rayas en todos escaparates: El violín de Auschwitz, El hombre de Viena son algunos ejemplos; volvió a ponerse de moda El diario de Anna Frank, y se recuperaron obras escritas muchos años antes como Sin destino (1975) del premio Nobel húngaro Inre Kértész. De entre todas ellas la que ha batido récord convirtiéndose en poco tiempo en un best seller a nivel mundial fue El niño con el pijama de rayas (2006), de John Boyne que ha vendido más de cinco millones de ejemplares por todo el mundo y ha sido traducida a más de 30 idiomas. Posteriormente y, para no matar la gallina de los huevos de oro, muchas de ellas, como es el caso de las dos últimas, fueron llevadas al cine aprovechando el tirón.
Sirva todo lo anterior como introducción para presentar el libro que ahora recomiendo y que, al igual que los que he citado anteriormente, entra en el grupo de obras que tienen como tema de base el Holocausto, si bien, en este caso, la original propuesta tanto en el planteamiento del contenido como en la estructuración de la novela y la organización de los capítulos (utilizando subtítulos y esquemas), el estilo escueto, en ocasiones casi telegráfico, los personajes, las ilustraciones así como la figura y la visión del narrador –narradora, en este caso- lo hacen especial y diferente a todos los anteriores desligándose así del machacón planteamiento de gran parte de ellos; la obra en cuestión es La ladrona de libros (2009) del joven escritor australiano Markus Zusak, que fue escrita, según él mismo ha comentado, a partir de los recuerdos de su infancia (no en vano la protagonista es una niña de nueve años) y de las historias reales que oyó contar a sus padres sobre la Alemania de posguerra en la que ambos vivieron.
El libro presenta episodios reales así como personajes inspirados en individuos de carne y hueso. No obstante, es una obra que, si bien presenta como tema de fondo el nazismo es, como digo, singular y atípica.

Es una novela –debo confesarlo y prevenir a los posibles lectores- que puede “no enganchar” en las primeras páginas; es más, a algunos lectores les puede parecer confusa y provocar perplejidad ya que no queda claro el asunto, ni la situación, ni el tiempo, y produce cierta extrañeza y desconcierto el discurso inicial, hasta que poco a poco (según, además, nos vamos haciendo a la original disposición de los elementos del discurso) descubrimos que el sujeto que hay detrás del relato, la persona narrativa, no es otra que la muerte y que es ella quien desde su atemporalidad nos narra todos los acontecimientos. Estamos ante el Holocausto contado por la propia protagonista del mismo cuya misión principal es el traslado de “pasajeros” de una zona a otra. Ella, reacia en ocasiones a segar vidas, es la que con su pensamiento y sus reflexiones nos sitúa ante la dramática situación que se vivió en Europa; es una muerte sensible y humana, aunque parezca una paradoja, que el lector percibe cercana en el sentido de que muestra sentimientos humanos e incluso en ocasiones se permite algún comentario o pensamiento irónico y chistoso:

“De verdad, puedo ser alegre. Amable, agradable, afable...Y eso sólo son las palabras que empiezan por “a”. Pero no me pidas que sea simpática, la simpatía no va conmigo.”

Es un libro que, especialmente al principio, requiere una atención extrema hasta que el lector se familiariza con la forma de contar, con los acontecimientos, los tiempos y los personajes. El argumento de la obra no es, ni mucho menos, la narración de la penalidades y sufrimiento de las víctimas del nazismo, aunque están ahí en todo momento: la historia nos habla de la importancia y la fuerza del lenguaje, de la palabra, tanto como elemento aniquilador como redentor, y de cómo algunos alemanes no se dejaron hipnotizar por el discurso absurdo de un loco y lucharon en la sombra contra la barbarie y la sinrazón, oponiendo una silenciosa resistencia a los postulados hitlerianos.
Es esencialmente una historia sobre los libros, sobre la necesidad de utilizar la palabra y de comprenderla y sobre el poder extraordinario de ésta.
Liesel, la protagonista, es una pequeña de nueve años a la que la muerte acompaña durante toda su vida. Cuando la conocemos acaba de bajar de un tren y se encuentra junto a su madre y a Werner, su hermano pequeño cuyo cadáver llevan en brazos. La niña es adoptada hasta el final de la guerra por una familia de aparentemente “buenos” alemanes , Hans y Rosa Hubermann, a la que no le interesa la política sino la honradez, la dignidad y la fidelidad a los principios esenciales del ser humano, personas sencillas, comprensivas y sensibles, gente de buen corazón, que anteponen el ser humano a las ideologías absurdas y que, en desacuerdo con la situación que se ven obligados a vivir acogen , al igual que a Liesel, a un amigo judío, Max, que mantienen oculto en el sótano para salvarlo de una muerte segura arriesgando sus propias vidas.
La relación de la pequeña Liesel con sus nuevos padres, especialmente con Hans, y con el joven judío del sótano será determinante en su forma de ver la vida y de salvarse a sí misma. Es un libro de relaciones verdaderamente humanas en una situación inhumana.
Hans, el padre adoptivo de Liesel le enseñará algo fundamental: le descubrirá el alfabeto y le enseñará a leer; por otro lado, los cuentos que Max escribe en la soledad de su refugio para escapar al horror le abrirán los ojos a una nueva dimensión: los libros. Con el “Manual del sepulturero”, el primero que Liesel consigue robar el día del entierro de su hermano (que pertenecía al enterrador), Hans y ella pasarán largas noches en el sótano, escondidos de la mirada crítica de Rosa, practicando con las letras hasta que la niña es capaz de identificarlas y, lo que es más importante, entender las palabras que forman y comprender la información que trasmiten.
A partir de entonces su entretenimiento favorito será “robar” libros de la biblioteca del alcalde para poder perderse en sus ficciones convirtiendo la pasión por la lectura en una obsesión, hasta que, animada por Max, se atreverá a escribir sus propias vivencias, inquietudes, y experiencias adolescentes con su mejor amigo Rudi.

“Antes de entrar en sus respectivas casas, Rudy se detuvo un momento.
- Adiós, Saumensch. –río-. Adiós, ladrona de libros.
Fue la primera vez que otorgaban dicho tratamiento a Liesel, y no consiguió ocultar lo mucho que le gustó. Como ya sabemos, había robado libros en anteriores ocasiones, pero a finales de 1941 pasó a ser algo público. Esa noche, Liesel Meminger se convirtió oficialmente en la ladrona de libros.“

Las historias y las lecturas de Liesel se convertirán en la tabla de salvación de sus vecinos y familia adoptiva (incluso será un libro el que salve su propia vida). Sus palabras servirán para acompañar y consolar a los que viven bajo el miedo de los bombardeos o la traición y les ayudarán a evadirse del oscuro mundo en el que habitan creando un universo paralelo a su triste existencia, a superar el miedo y a mantener viva la esperanza en un futuro mejor.
Es, en fin, esta novela una emotiva historia sobre la humanidad, el amor a los libros y el poder de la palabra para transformar la realidad, para luchar contra la adversidad, como forma de conocimiento, como testimonio o como mero placer; y es, esencialmente, una crítica a la manipulación ideológica, a la alienación del ser humano y el pensamiento único e irracional.
Se ha dicho que es “el libro de la niña que le robó las palabras a Hitler”. Y las supo utilizar para alcanzar la libertad.

                                                “Los libros me enseñaron a pensar, y el pensamiento me hizo libre.”
                                                                                                         (Ricardo, Corazón de León)

martes, 20 de julio de 2010

El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel

Cuando recibí la propuesta de escribir algunas reseñas con recomendaciones de lecturas para verano pensé que, si bien parece algo aparentemente fácil, es en realidad bastante complicado pues son muchos los títulos que, con las características que dichas obras requieren, acuden a la memoria. Tras mucho meditar, me decantaré por elegir algunos títulos que, al haber sido publicados hace años, pueden considerarse, desde ese punto de vista, anticuados, pero de los que guardo un grato recuerdo y una buena opinión por el placer que, en su momento, me ofrecieron; el mero hecho de que sean estos y no otros los que vuelven a mi mente a la hora de recomendar lecturas que puedan resultar atrayentes para los que deciden pasar las vacaciones con un libro entre las manos, justifica sobradamente mi elección. Algunos de estos libros han sido best sellers lo cual, pese a la opinión de algunos “puristas” no es, a priori, ni bueno ni malo, es decir, que no suma ni resta valor a la obra.

Así pues, empezaré con un libro al que muy bien se le puede atribuir ya el calificativo de clásico y que, en su día, fue, como he señalado, un best seller mundial, traducido a numerosas lenguas; se trata de El clan del oso cavernario (publicado por Maeva) de la escritora norteamericana Jean M. Auel, el primero de los cinco libros de los que consta la saga denominada Los hijos de la tierra. Es una obra cuya primera edición vio la luz hace 30 años (1980) pero creo que esta cuestión no es motivo para descartar ninguna opción pues hay libros que pudieron no ser leídos en su momento y a los que uno se acerca con el paso del tiempo resultando ser una grata sorpresa. Posiblemente los más jóvenes no hayan oído nunca hablar de esta novela, e igualmente puede ser que algún adulto, aun reconociendo el título, no se haya decidido nunca a abordar sus más de mil páginas; no obstante, el buen lector no debe intimidarse por la extensión pues, cuando se disfruta de una obra, es preferible que ésta sea extensa para prolongar en el tiempo el deleite que produce su lectura.

El libro obtuvo tanto éxito que, en 1986, fue llevado al cine de la mano de Michael Chapman, con Daryl Hannah en el papel protagonista; aunque, como suele ocurrir, la película no refleja en absoluto la complejidad, profundidad y riqueza de matices de la obra literaria. Así pues, esta es mi primera recomendación.

En principio, se trata de una lectura, como requiere la temporada estival, fácil y entretenida que cuenta, además, con el aliciente de que si el lector se “engancha” a ella, lo cual es bastante probable, puede continuar con las cuatro partes restantes que completan la saga, a saber, El valle de los caballos, Los cazadores de mamuts, Las llanuras del tránsito, y la quinta y última, por ahora, Los refugios de piedra. En mi opinión, las tres primeras, publicadas entre 1980 y 1985, son bastante entretenidas, interesantes, amenas y curiosas, pero la cuarta (1990) y la quinta (2002) resultan mucho menos atractivas; me parecen lentas, repetitivas y carentes de originalidad, por lo que mi recomendación se centra en las tres primeras. Al parecer, la colección se va a completar con un sexto volumen cuya publicación se ha anunciado para este año.

La serie relata la vida y las aventuras de Ayla, una niña cromagnon que queda sola en el mundo tras un cataclismo y que es adoptada por un grupo de neandertales, el Clan del Oso Cavernario que da título al primer libro.

Ambientada en la Europa del Paleolítico, a mediados de la Glaciación de Würm, en un momento en el que supuestamente coincidieron ambas especies antes de que la primera, a la que pertenece la protagonista, acabara con la segunda, la obra nos traslada de manera sorprendente a esa época tan desconocida, la Prehistoria y nos presenta, con todo lujo de detalles, la sociedad de la Edad de Hielo: las relaciones humanas, las creencias, la forma de vida, la actitud hacia la naturaleza, las primeras manifestaciones artísticas, los ritos o la organización social, a través de las vivencias de la pequeña huérfana.

Es una novela muy bien ambientada que atrapa al lector conforme avanza la historia, si bien, al principio, es difícil situarse y adentrarse en un mundo que resulta extremadamente lejano en el tiempo; cada dato que nos aporta, cada situación que se nos describe es fruto de un enorme y concienzudo trabajo de documentación e investigación antropológica; no en vano su autora, además de estudiar a fondo este periodo de la Historia, realizó varios cursos de supervivencia en los que aprendió a construir refugios de hielo, hacer fuego, construir herramientas de piedra, curtir la piel para fabricar prendas de ropa y zapatos y, en fin, experimentó lo que suponía vivir en unas condiciones extremas similares a las vividas por la pequeña Ayla y el resto de personajes.

La pretensión de reflejar con exactitud el modo de vida de estos individuos y el intento de reflejar el mundo tal cual lo experimentaban obliga a la autora a aportar numerosísimos datos en relación a los episodios cotidianos que constituyen la trama y que se traduce en un llamativo abuso de las descripciones que relentizan el argumento por el exceso de celo en el detalle y la minuciosidad de las exposiciones lo cual justifica la opinión de algunos lectores que la consideran una obra, en ocasiones, lenta y “cargante”; a mí, personalmente, no me lo parece en absoluto pues considero que estos detalles son el elemento esencial para poder asimilar e interpretar la forma de vida del hombre de la Edad de Hielo.

En este sentido debo señalar que se ha criticado en numerosas ocasiones la falta de base científica (incluso respecto al tema central que es la convivencia en el espacio y en el tiempo de ambas especies) y la inexactitud de numerosos elementos que aparecen referidos en la novela. No voy a entrar en una polémica que considero absurda dado que hay que partir de la premisa de que toda obra literaria es pura ficción; puede estar mejor o peor documentada, acercarse en mayor o menor grado a la verdad, reflejar de manera más o menos mimética la realidad, pero siempre es fruto de la mente de un escritor. Ningún lector sensato se acercaría a una novela, por muy histórica que se haga llamar, para estudiar un periodo concreto de la Historia con rigor científico, aunque este tipo de obras sirvan en ocasiones para aportar algunos datos en este sentido. Al abrir una novela se presupone un acuerdo tácito entre escritor y lector acerca de lo relatado, en el sentido de que lo que en ella se presenta, aun siendo verosímil, no tiene por qué ser verdadero, de hecho nunca lo es. No se trata, pues, de un libro científico ni de un tratado de Historia. Es una novela, un texto que llamamos literario y cuya característica esencial es la carencia de una finalidad práctica, incluso la función didáctica queda relegada a un segundo plano; su objetivo primero es estético, se trata de producir placer mediante el juego literario.

Así entiendo la lectura. En este caso, el libro permito disfrutar de la narración, sin más.

No obstante, y al margen de pretensiones de tipo ciéntifico, Jean M. Auel consigue con esta obra de manera sublime introducirnos en una época bastante desconocida para el gran público, al hacernos partícipes de las vivencias de una sociedad que son el origen del nuestra especie. De la mano de Ayla el lector disfrutará de un viaje en el tiempo que lo trasladará al mismo origen de la raza humana.

domingo, 18 de julio de 2010

A propósito de “Invisible”, de Paul Auster

Invisible es el título de la última novela del afamado escritor norteamericano Paul Auster en la que con un magistral juego de personas narrativas nos introduce en la vida, real o fingida, y en las fantasías y fantasmas de una serie de personajes, en mi opinión un tanto artificiales, que se relacionan de manera casual, sin llegar a conocerse verdaderamente, en una trama más bien sosa pero relatada con absoluta maestría, basada en una sucesión de relatos superpuestos que se entrecruzan en el espacio y en el tiempo.
Lo que este libro tiene de excepcional no es, como suele ocurrir en las novelas de Auster, la historia en sí, sino la forma de narrar, el estilo, y la reflexión a la que puede incitar su lectura; como alguien ha dicho es una auténtica “clase magistral de técnica narrativa”.
La novela se articula en tres partes hábilmente enlazadas, si bien cada una de ellas corresponde a un tiempo, pasado y presente especialmente, a una punto de vista de los hechos y un lenguaje literario, una forma de expresión, concreto y particular, acorde con cada una de las situaciones que los personajes viven en los diferentes periodos temporales.
El argumento, que encierra numerosos elementos autobiográficos, se centra en el manuscrito que el protagonista, Adam Walker, enfermo y a punto de morir, envía a un compañero de la universidad, el famoso escritor James Freeman, para que valore la posibilidad de publicarlo en forma de novela bajo el título de “1967”, año en el que el entonces joven poeta en ciernes conoce a la extravagante pareja formada por Rudolf Born y Margot, personajes con los que entabla una ambigua relación y vive unas experiencias que lo marcarán para siempre determinando, en cierto modo, su futuro; a partir de ese momento ambos y las personas que conocerá por su relación con ellos jugarán un importante papel en la vida del escritor. Todos los acontecimientos que Walker relata en las tres partes que envía a Freeman son fruto de la casualidad comenzando por su relación con la extraña pareja, el posterior asesinato de Williams, el viaje a París o la relación con Heléne y Cecile.
Sean fruto de la casualidad, el instinto o el deseo, probablemente, las partes que más llaman la atención en la obra son, en primer lugar, las alusivas a la violencia, en cualquier forma en que ésta se presenta, que constituye el motor generador del conflicto interior del protagonista y de un sentimiento de culpa que, en cierto modo, desencadena su postura ante la vida y su actuación posterior; y, en segundo lugar, al sexo, para colmo incestuoso, que transgrede una de las normas esenciales de la moral occidental.
No obstante, la clave de la novela no radica en los hechos en sí, aunque esa es la impresión primera, sino en la incertidumbre que genera el texto según avanza acerca de si los episodios relatados por Adam son o no verdaderos, si lo que se nos cuenta son experiencias realmente vividas por él o, por el contrario, son un producto de su imaginación, en este caso, de los delirios de un moribundo.
Por otro lado, incluso este planteamiento sobre la finalidad de la novela es, en mi opinión, quedarse en lo superficial –aunque no por ello lo considero menos importante- porque ¿acaso importa si sucedieron o no? ¿para quién es significativo descubrir la verdadera historia? ¿para qué? La cuestión, creo, estriba no en si son o no ficción sino en la duda misma; es el conflicto humano que se origina entre la realidad y el deseo el que desencadena el conflicto, y que origina la imposibilidad, en muchas ocasiones -la mayoría- de establecer una frontera clara entre uno y otra. ¿Y cuál es, a la vista de ello, la verdad de Adam Walker? No existe una respuesta fácil y mucho menos clara: la verdad no puede verse, es invisible, porque sencillamente no existe como concepto unívoco y global; la verdad es aquello que cada uno, loco o cuerdo, eso no tiene importancia realmente, considera que es. ¿Es la realidad la verdad o la verdad se esconde en el mundo irreal de los deseos? Todo es, pues, invisible porque la visión, aparte la capacidad física, es algo subjetivo y como tal sólo visible para un individuo, y ni aun en muchos casos para él mismo, traicionados como somos por nuestra propia memoria o percepción de los hechos. En este sentido es obvio que incluso lo visible es invisible.
En una entrevista concedida por Paul Auster al periódico La Vanguardia en noviembre del 2009, el novelista afirmaba que “La verdad es una de las cosas más frágiles del mundo, no sabemos qué sucede realmente. Incluso nuestra propia memoria se destruye mientras trabaja nuestra experiencia. Y descubrimos más cosas conforme nos hacemos mayores. Si yo fallo, si me equivoco al recordar cosas, y es mi propia vida, ¡imagínate cómo son las consideraciones que hace la gente! Es fascinante. La memoria juega con nosotros.”; y concluye con una pregunta cuya respuesta él mismo ofrece y que aclara el propósito de esta novela: “¿dondé está la verdad? Este es el libro de lo invisible. Tal vez la verdad es invisible”.
El autor combina de forma brillante en este relato el hoy y el ayer a través del uso de la memoria del personaje principal cuyos recuerdos quedan en entredicho al relacionarlos con los que ofrecen a su vez el resto de personajes.
Es un libro –el de la ficción, digo- escrito desde el recuerdo y no se nos permite creer que la realidad es tal y como la recordamos pues, independientemente de que existan elementos puntuales que alteren el recuerdo (en el caso de Walker la enfermedad terminal, la medicación, la soledad...) la memoria, desde el presente manipula inconscientemente los recuerdos hasta el punto de llegar a creer que la realidad que creemos (la que deseamos) existió. Los deseos insatisfechos originan frustración y actúan en el subconsciente de esa forma.
Juego entre la realidad y la fantasía, el argumento se desliza por la frágil y delicada línea que separa ambos, y que, conforme avanzamos en la lectura, se torna más complejo pues la realidad que el libro pretende mostrar se va ocultando, transformando en “invisible”, aunque esto sucede, paradójicamente, mientras se nos van ofreciendo más y más datos con el fin de que la “verdadera” historia, que aparece en todo momento fragmentada e incompleta, pueda ser reconstruida, y que la verdad salga a la luz. Llegado el final –que es sorprendente y, por ello, no desvelaré-, el lector se encuentra absolutamente desconcertado sin acertar a discernir quién está loco y quién cuerdo, qué parte del relato es ficción, cuál es ficción de la ficción y cuál, realidad. Se trata, pues, de un juego, como ya he señalado, entre la realidad y el deseo: ¿es verdadero lo contado o lo pensado? ¿se corresponde lo verdadero con lo real, caso de poder identificar lo primero?
Y en relación con todo ello surge el tema de la identidad, ¿quién es Adam Walker? Ese personaje al que hemos conocido a través del relato de su vida deja de existir en el momento en que se pone en duda la verdad de lo contado. Es su propia existencia, su propio ser lo que realmente desaparece, se torna invisible para su amigo Freeman y, al mismo tiempo, para el lector. Adam Walker, en su mundo inventado, no existe.
Pero volviendo a la reflexión que me provoca la lectura de esta obra, el título nos lleva a preguntarnos a qué se refiere Paul Auster con el adjetivo invisible, qué sustantivo es calificado con este término: en principio la persona de Adam es -mejor dicho- se cree invisible para el resto, si bien, en todos los que lo conocen deja una huella que parece imborrable, aunque su vida queda, al fin, invisible; ninguno de los personajes, como apunté al comienzo, llegan a conocerse realmente.
Y por último, la verdad es invisible, tan invisible que uno no acierta a separarla de la mentira, del engaño, en fin, de la fantasía. Cada cual se inventa y reinventa para poder hacer la vida más asumible, para poder enfrentarse a sus propios miedos y en esa recreación del yo hay una necesaria recreación de “los otros” pues no se puede pretender vivir ajeno a las influencias que uno recibe del exterior y que emite a su vez. Interacción compleja y necesaria que esta novela pone de manifiesto sin dejar de lado la individualidad del protagonista, la verdadera soledad del ser humano que bucea y a veces nada contracorriente en el mundo que le ha tocado vivir. Todo es, en resumen, invisible porque cada ser humano se construye una identidad, inventa su propia realidad y elige qué papel representará en ella. Y todo ello para no ser invisible, aunque en ese esfuerzo por hacerse ver se va tornando cada vez más oculto.
A veces, como el propio protagonista afirma, se hace necesaria la perspectiva para poder entender y asumir la realidad; de ahí el juego de figuras narrativas al que he aludido anteriormente:
“Me hacía falta distanciarme, dar un paso atrás y crear un espacio entre mí mismo y el tema (que no era sino mi propia persona), así que volví al principio de la Segunda parte y empecé a escribirla en tercera persona. Yo se convirtió en Él, y la distancia establecida entre aquel pequeño cambio me permitió acabar el libro”
Y de ese modo, adoptando diferentes perspectivas, el individuo puede acercarse a las diferentes realidades que, quizás -sólo quizás- constituyen “la verdad” de su existencia.
En las novelas de Paul Auster -y esto que voy a decir es una experiencia personal- generalmente la trama pierde interés conforme avanza el relato: cuando me sumerjo en la lectura, cuando me atrapa la narración, la anécdota pierde toda relevancia y mi atención, quizá involuntariamente, se centra en la vida interior de los personajes, en sus propios conflictos, en lo que no se dice de ellos, en la reflexión a la que me empuja su comportamiento o sus discursos. Con el paso del tiempo, apenas recuerdo la historia de los libros que he leído, pero en el caso de Auster me queda siempre el conflicto personal, la parte oculta del ser humano que tan sutil y, a la vez, claramente sabe plasmar el autor.

Invisible es, en mi opinión, la mejor novela hasta el momento del escritor norteamericano: una obra técnicamente genial y un ejercicio creativo impecable. Su lectura se hace, pues, imprescindible para todos los que se consideren amantes de la lectura.

sábado, 10 de julio de 2010

El certamen literario “Molino de Viento de la Bella Quiteria

Hace ahora 35 años que tuvo lugar la primera edición de un peculiar y curioso concurso literario, el del Molino de la Bella Quiteria, que cada primer sábado de julio se celebra en Munera, un pueblo de la provincia de Albacete.

Se trata de uno de los certámenes más célebre y reconocido de la región, y que cuenta con una dilatada tradición y una elevada participación; a lo largo de las diferentes ediciones escritores de todos los rincones de nuestra geografía han presentado sus trabajos y obtenido el reconocimiento del jurado. La fama de este concurso ha traspasado nuestras fronteras adquiriendo dimensiones internacionales con participantes, en ediciones anteriores, de lugares tan lejanos como Luxemburgo, Argentina o México.

Es muy posible que los lectores hayan asociado ya el nombre de este certamen con el del personaje principal de uno de los episodios más conocidos de la famosa novela de Miguel de Cervantes; se trata de Quiteria, la bellísima novia del pasaje titulado Las bodas de Camacho que, según la expertos y críticos como Otto Neussell, J. García Templado o Samuel de los Santos, está localizado en esta población manchega, en una zona muy próxima a la que hoy alberga el famoso molino, y que se relata en los capítulos XIX, XX y XXI de la segunda parte del Quijote.

El nombre de Quiteria era muy popular antiguamente en esta población ya que en ella se erigía la iglesia de Santa Quiteria, la primera que tuvo el municipio, hoy desaparecida, y era usual poner a las nacidas en ella el nombre de la santa local. Por otro lado, en la obra podemos hallar diferentes alusiones a zonas reconocibles de los alrededores (Sotuélamos, cueva de Montesinos…).

La idea de la construcción de un molino de viento, emblema de la obra cervantina, en ese lugar así como la institución y organización del concurso surge del matrimonio formado por el periodista Enrique García Solana, cronista oficial de la villa, y su esposa Amparo Gavidia Murcia, maestra de profesión, como homenaje al escritor alcalaíno y a su novela más universal, y se hace realidad en la primavera del 1975 con la inauguración del molino y la 1ª edición del certamen literario.

Hoy día, el molino se ha transformado en un interesante museo foto-etnológico en el que se llevan a cabo diversas actividades culturales entre la que destaca el certamen literario cuyos premios se entregan en un acto público al que puede asistir todo aquel que lo desee.

El concurso se convoca cada año en el mes de marzo y la fase de presentación de trabajos finaliza el 31 de mayo. El fallo del jurado se hace público mediante la lectura del acta el primer sábado del mes de julio, a las siete de la tarde, por decisión de don Enrique quien estudió la climatología local y concluyó que ese día no había llovido casi nunca en la localidad de ahí que se eligiera esa fecha; de hecho, en sus 35 años de andadura, nunca se ha suspendido por ese motivo.

El acto, que se lleva a cabo a la sombra del molino con la asistencia de un nutrido grupo de personas, escritores, profesores, amigos y, en general, amantes de la literatura, consiste en una presentación con lectura de algún pasaje del Quijote, y la entrega de premios a los ganadores que leen sus trabajos ante la audiencia; a continuación reciben como galardón, de manos de la fundadora, doña Amparo, una obra original realizada por el ceramista conquense Adrián Navarro Calero, y una pieza de cuchillería artesana de Albacete, una navaja en cuya hoja aparece grabada la edición en la que han sido premiados.

En esta ocasión se han presentado 125 trabajos, entre las categorías de poesía y prosa, y los ganadores se reparten entre Toledo, Madrid, Sevilla, Cuenca y Jaén.

Concluida la entrega de trofeos, el alcalde de la localidad pronuncia un pequeño discurso, y cierra el acto la propia doña Amparo que dirige unas palabras a los asistentes agradeciendo a todos su presencia y participación.

A continuación, la organización ofrece a los presentes una merienda manchega, emulando en lo que debió consistir el banquete de las famosa boda de Quiteria y Camacho, constituida por productos típicos de los que el plato fuerte son las gachas en sartén acompañadas de tajadas de tocino, güeñas, queso, y embutidos caseros con pan sentado y ensalada, bañado todo ello con cuerva hecha con vino de la tierra.

Un dato curioso, del cual se advierte en las invitaciones, es que todos los asistentes deben acudir provistos de la tradicional navaja albaceteña a modo de cubierto para poder degustar estos manjares también al modo tradicional. La cena se concluye con un delicioso postre al que Cervantes se refiere como “frutas de sartén” y que no son sino rolletes fritos rebozados en azúcar o miel.

Concluido el ágape los asistentes se agrupan para charlar en amenas tertulias que finalizan con la caída del sol.

El Concurso literario Molino de la bella Quiteria no es, obviamente, un certamen al uso sino que sus fundadores han sabido convertir este acontecimiento en una celebración en la que se aúna el placer de la literatura y el de la gastronomía, arte y fiesta, recreando al mismo tiempo uno de los pasajes más relevantes de la obra más universal de todos los tiempos: Las bodas de Camacho, de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Cada primer sábado del mes de julio, a las siete de la tarde, todo aquel que lo desee puede asistir a una fiesta en la que los anfitriones agasajan a sus invitados, como si de una boda se tratara, con exquisitos platos y los deleitan, al mismo tiempo, con la lectura de variados textos literarios.